lunes, 12 de noviembre de 2012

* * * * * * * * ÚLTIMA HORA * * * * * * * *

Amigos:
Ya    que  estáis  esperando  la  tercera  parte  de  la  crónica  Barcelona,  Once  de  Septiembre  de  1714.  Pero  dado  que  el  25  de  noviembre  de  2012  se  celebran  elecciones  en  Cataluña,  antes  de  que  os  cuente  lo  ocurrido  en  el  siglo  XVIII,  voy  a  explicaros  un  asunto  un  pelín  diferente.  El  artículo  que  colgaré  esta  semana  lleva  por  título  ENTRE  ARTUR  MÁS  Y YO…


Bien  mirado  hasta  puede  que  el  President  y  una  servidora  tengamos  algo  en  común. Pensad  lo  que  queráis,  todo  os  quedará  claro  al  leerlo .    

martes, 30 de octubre de 2012

* * * * * * BARCELONA ONCE DE SEPTIEMBRE DE 1714 * * * * * *


                                              SEGUNDA  PARTE

                                         –La  Guerra  y  sus  Héroes–

                                                        -Héroes-

Bien,  como  está  comprobado  que  el  orden  de  los  factores  no  altera  el  producto,  hablaremos  primero    de  los  héroes  y  luego  de  la  guerra,  para  que  sus  nombres  les  resulten  más  familiares.  En  esta  contienda,  hubo  militares  expertos  y  valientes  en  ambos  bandos,  de  los  que  cabría  destacar:
Al general inglés John Churchill, duque de Marlborough,  que  al  entrar  Inglaterra  en  el  conflicto  bélico,  el 4 de mayo de 1702,  y declarar la guerra a Francia,  se  puso  al  mando del  Ejército  Aliado.


A  Jacobo Stuart Fitz-James, duque de Berwick, hijo natural del rey Jacobo II de Inglaterra y sobrino de Marlborough, que se nacionalizó francés cuando  su padre  perdió la corona, y  que  dio a  Felipe  V el triunfo  en  la  batalla  de Almansa.


Al mariscal Eugenio de Saboya-Carignano que nacido francés  fue  rechazado  cuando  quiso  alistarse  en  el  ejército  de  aquel  país.  Siempre  se  opuso  a  la  ambición  de  Francia  por  dominar  Europa,  y  pasó  a  formar  parte  de  la  armada  del  Sacro Imperio  Romano  Germánico  y,  como  no  podía  ser  de  otro  modo,  en  la Guerra de Sucesión Española, combatió  en  el  bando  austríaco.  Fue comandante de las tropas del Emperador en el norte de Italia.  Participó  en  la  batalla de Carpi, en la de  Cremona y  en  la  de Luzzara. Junto al Duque de Marlborough, consiguió  la victoria en  Blenheim,  y  por  méritos  propios  las  de Turín, Oudenarde  y   Malplaquet.


Claudio Luis Héctor, duque de Villars, mariscal de Francia, y  el mejor general de Luis XIV en la Guerra de Sucesión.


Luis José de Borbón, duque de Vendôme,  que  fue enviado a España por Luís  XIV al mando de un cuerpo de ejército, para fortalecer los intereses de Felipe V. Se destacó en la batalla de Brihuega,  en la que derrotó  a los ingleses, dirigidos  por el general James Stanhope.  Falleció  en Vinaroz  y,  por  orden  de  Felipe  V,  fue sepultado en El Escorial.

Juan   de  Cereceda  y Carrascosa: Conocido  como  el  Centauro  de  la  Mancha.  Caballero  de  la  Orden  de  Calatrava.  Las gestas de este soldado, no  son  célebres porque  jamás redactó un memorial para solicitar ascensos  o  distinciones.  Es más, cuando se le ofreció  el  cargo  de  gobernador de Alicante, renunció con  las  únicas  palabras  que  se  sabe  que  pronunció  delante  de  otras  personas: Antes  prefiero  mandar  a cuatro soldados inválidos que a miles de civiles. Y  como  en  aquellos  tiempos,  las  guerras  se  ganaban  gracias  a  saber  tomar  decisiones  acertadas  sobre  el  terreno,  aprovechaba  al  máximo  las  cualidades  de  sus  hombres  y  empleaba  la  imaginación  cuando,  ante  la  superioridad  del  enemigo,  no  le  quedaba  otra  solución.  Y  hay  que  decir  que  manejaba  con brillantez  este  tipo  de  situaciones

Josep  Moragues  i  Más: Terrateniente. Su  profundo  sentimiento  anti  francés,  por  las  constantes  incursiones  del  ejército  del  país  vecino  en  tierras  cercanas  a  sus  propiedades,  fue  un  factor  determinante  para  que  rechazara  al  rey  Felipe  V   y  simpatizara  con  la  causa  del  pretendiente  austríaco. Josep Moragues se destacó en la lucha  y adquirió un considerable prestigio,  hasta 1707 formó parte del Regimiento de las Reales Guardias Catalanas,  cuerpo  militar de élite  del ejército del  archiduque. Después  ascendió  a general de batalla, el grado más importante que  alcanzaban  los combatientes catalanes. A principios de 1707 fue nombrado gobernador de Castellciutat, fortaleza militar de  la Seo de Urgel, que protegía la zona fronteriza de las penetraciones de los franceses.

Antonio  de  Villarroel  y  Pelaez: Nombrado  Teniente  Mariscal  por  el  archiduque  Carlos  de  Habsburgo, y  del  que  hablaré  en  la  última  parte  de  esta  crónica.

 
                                                         -La  Guerra-
Dada  la  complejidad   de la sublevación, la confrontación presentó un doble cariz; los  castellanos,  vascos  y  navarros,  tanto   pueblo  como  clero,  apoyaban la causa borbónica, mientras la alta nobleza era partidaria del archiduque.  En  cambio  en Aragón, el  respaldo  fue  inverso.  Y  es  aquí  donde  conviene  recordar,  sin  que  por  mi  parte  implique  posicionamiento  alguno,  sino solo  la  intención  de  acabar  con  los  malos  entendidos,  y  dejar  claro  a  la  señora  de  Cospedal  cuando  dice   que:  Catalunya  nunca  fue  un  reino  en sí  mismo,  que  ya  lo  sabemos,  y  que  muy  a  pesar  nuestro,  nunca  existió  como  nación  ya  que,  únicamente,  formaba  parte  de  la  corona  de  Aragón.  En  aquel  entonces,  la  soberanía  no  era  nacional  sino  dinástica  y  el  concepto  de  nación,  tal  y  como  lo  entendemos  hoy  en  día, es  fruto  de  los  cambios  que  se  dieron  en  Europa  desde  la  segunda  mitad  del  siglo  XIX,  hasta  el  final  de  la  Gran  Guerra.  Pero  no  les  voy  a  hablar  de  estos  detalles  semánticos,  que  últimamente  parece  que  tanto  dan  de  sí,  ni  tampoco  de  todos  los  pormenores  de  la  lucha  armada,  sino  de  aquellos hechos estrictamente  ligados  al  tema  que  nos  incumbe.  Aunque  no  puedo  pasar  por  alto,  no  por  patriotismo  sino  por  hartazgo,  porque  nunca  nadie  habla  de  las  pérdidas  del  reino  de  Aragón  en  la  contienda, Nápoles  y  Sicilia  por  poner  un  ejemplo,  que  en  1704  los  ingleses  ocuparon  Gibraltar  en  nombre  del  archiduque,  y el  peñón  todavía   hoy,  es  parte  del  botín  que  pagó  la  corona  de  Castilla  por  aquella  guerra.  En 1705, el  conflicto  bélico, internacionalizado  desde  el  primer  momento, se  convirtió  en una contienda civil.
          Llegados  a  este  punto,  hacía más de cuatro años que Felipe V reinaba en España con la  aprobación de todos sus súbditos. Pero,  en  agosto  de  aquel  año, el pretendiente  austríaco embarcó en Lisboa  junto  a  su  escuadra,  compuesta por 180 barcos,  800 caballos  y 9.000 soldados ingleses, holandeses y austríacos,  bajo el mando de Lord Peterborough,  y  puso  rumbo  al  Mediterráneo.  En  su  travesía,  el  archiduque Carlos hizo escala en Gibraltar. Allí  se  unió  a  su  flota  Jorge de Darmstadt,   príncipe de Hesse, con dos regimientos  más.  Navegaron  por  aguas  de  la  corona  de  Aragón, bombardearon Alicante  y se detuvieron en Altea  donde  el  archiduque  fue  proclamado Rey  con el nombre de Carlos III.   
         Este  levantamiento  vino  determinado  por: La  propaganda  austriaca,  que insistía  en el carácter  centralista  de  la  administración  borbónica.  Los   atentados  cometidos  contra  el régimen  autónomo   tradicional,  y  la   presencia  de  la escuadra  aliada  en  distintos  puertos mediterráneos,  como  medida  de  coacción.
         La  flota  del  archiduque  llegó a Barcelona el 22 de agosto,  pero  la  ciudad  reiteró  su  obediencia  a  Felipe  de  Borbón,  reconocido  como  soberano  por  las  Cortés  de  Cataluña  de  1701.  La  noche  del  13  al  14  de  septiembre  los  confederados  decidieron  atacar  el  castillo  de  Montjuïc,  Jorge de Darmstadt dirigió la  toma  de  la fortaleza con la aproximación sigilosa de tres columnas: la primera compuesta por 400 granaderos ingleses e irlandeses; la segunda por 400 mosqueteros ingleses,  por 100 neerlandeses y 100 catalanes; y la tercera por 300 dragones y 1.000 soldados ingleses. Otros 1.000 catalanes, con Antonio de Peguera bajo las órdenes de James Stanhope, cerraron el paso a la guarnición de Barcelona. 
         El asalto perdió el factor sorpresa y los defensores superaron el primer ataque. En  defensa  de  la  fortaleza,  salieron  de la ciudad 400 granaderos a caballo y Jorge de Darmstadt murió en el combate,  al  querer  impedirles  alcanzar  su  objetivo, mientras que 300 aliados fueron  hechos  prisioneros. Sin embargo, los  confederados  volvieron  a  reagruparse y  dirigidos por Lord Peterborough, que  contaba con más de 1.000 catalanes  que  se  habían  puesto  a  su  disposición, conquistó las defensas exteriores del castillo, que cayó unos  días  después. El Virrey de Cataluña Francisco Antonio Fernández de Velasco y Tovar firmó la capitulación  de  la  ciudad el 9 de octubre de 1705,  y  poco  después  entró  en Barcelona el Archiduque Carlos, que el 7 de noviembre de 1705 juró los  Fueros  Catalanes,  porque  la  conducta  de  los  Habsburgo  siempre  había  sido  la  de  conservar  las  prerrogativas  de  los  territorios  que  ocupaban,  absolutamente  antagónica  a  las  maneras  de  hacer  de  los  borbones,  obsesionados  en  conservar  el  poder  centralizador. Una de las primeras medidas que tomó  el  nuevo  Rey fue la convocatoria de  Cortes Generales.
        En 1706, tras las decisivas batallas de Ramillies (Bélgica) y Turín, la  corona  española  perdió Flandes y el Milanesado. Y  Felipe V  tuvo que abandonar Madrid ante el ataque del pretendiente. En abril de 1707, las fuerzas franco-españolas derrotaron al ejército aliado en Almansa, propiciando  así  la  caída  de  una  parte  de  los  territorios  de  la  corona  de  Aragón.  Ese  mismo  año, la escuadra confederada se apoderaba de Orán, Cerdeña y Menorca. Durante 1708, las tropas borbónicas lograron  dominar Valencia y  avanzar hacia Cataluña.  El 1 de agosto del  mismo  año,  el  pretendiente  austríaco contrajo matrimonio, en la iglesia de Santa María del Mar de Barcelona, con la princesa  Isabel Cristina de Brunswick, hija mayor del Duque Luis Rodolfo de Brunswick. 


         En 1709, Luis XIV quiso  negociar  la  paz  pero  se  retractó  ante las condiciones impuestas  por  los aliados, que le exigían luchar contra su propio nieto. Aquel  año, los partidarios del archiduque  Carlos consiguieron  que el Papa Clemente XI, lo  reconociera  como  rey  de  España,  lo que provocó la ruptura de relaciones  entre  la  corte  del  Borbón y el Vaticano.
          En 1710, una ofensiva aliada  lanzada desde Barcelona logró detener  en  Almenara a las  tropas  de  Felipe V,  y  el  Ejército  Confederado  tomó de nuevo Madrid. Sin embargo, las victorias de Brihuega y Villaviciosa de Tajuña (Guadalajara), decidieron la guerra en España a favor del  pretendiente  francés...Continuará

MARÍA  BASTITZ

Nota: La  bibliografía  os  la  anotaré  en  el  último  capítulo









martes, 4 de septiembre de 2012

* * * LA TRISTEZA DE RONALDO * * *

Tristeza, pues yo soy tuyo,
tú no dejes de ser mía;
mira bien que me destruyo
sólo en ver que el alegría
presume de hacerme suyo.
  ¡Oh, tristeza!
que apartarme de contigo
es la más alta crueza
que puedes usar conmigo.
No huyas ni seas tal
que me apartes de tu pena;
soy tu tierra natural,
no me dejes por la ajena
do quizá te querrán mal.
  Pero, di:
ya que estó en tu compañía,
¿cómo gozaré de ti,
que no goce de alegría?
Que el placer de verte en mí,
no hay remedio para echallo,
¿quién jamás estuvo así?
que de ver que en ti me hallo,
me hallo que estoy sin ti.
  ¡Oh ventura!
¡Oh amor, que tú hiciste
que el placer de mi tristura
me quitase de ser triste!
Pues me das por mi dolor
el placer que en ti no tienes,
porque te sienta mayor,
no vengas, que si no vienes,
entonces vernás mejor.
Pues me places,
vete ya, que en tu ausencia
sentiré yo lo que haces
mucho más que en tu presencia
                                                                                    Juan  Boscán.




No  me  interesa  para  nada  el  futbol,  pero  Cristiano  Ronaldo  está  triste  y  una  noticia  así  conmueve.  Me  da  tanta  pena,  pobrecito,  que  he  utilizado  el  poema  de  Boscán,  que  nació  poco  después  del  descubrimiento  de  América,  para  que  este  individuo,  narcisista  y  megalómano,  se  diera  cuenta  de  que  la  tristeza  es  patrimonio  de  todos  los  mortales  desde  tiempos  lejanos,  y  así  pueda  consolarse. 
         Porque  el  resto  de  la  humanidad  no  está  triste  por  querer  cobrar  más  de  1500  euros  por  hora ,  o  lo  que  vendría  a  ser  lo  mismo,  más  de  35.000  talegos  por  jornada  laboral,  ni  tampoco  más  de  13  millones  de  euros  por  año  trabajado,  y  no  se  los  pagan. No,  no,  patologías  a  parte,  si  los  españoles  estamos  tristes  es  porque  en  nuestro  país  hay  cinco  millones  de  parados,  muchos  de  ellos   profesionales  cualificados  que  con  la  crisis  se  les  ha  ido  al  traste  el  negocio,  el  trabajo  o  los  asuntos  que  tuvieran  entre  manos.  No  pueden  hacer  frente  a  su  deuda  hipotecaria  y  no  les  ha  quedado  más  remedio  que  irse  a  vivir  con  sus  padres  para  evitar  el  desahucio,  han  tenido  que  dejar  de  llevar  a   sus  hijos  a  colegios  privados  porque  les  resulta  imposible  correr  con  los  gastos,  y  acuden  a  Cáritas  o  al  Banco  de  Alimentos  para  poder  darles  de  comer.
        Y  este  sujeto,  que  solo  sabe  chutar  un  balón  y  habría  que  comprobar  si  llegaría  a  hacer  la  “o”  con  la  ayuda  de  un  canuto,  no  se  le  ocurre  otra  cosa  que  proclamar,  a  los  cuatro  vientos,  su  tristeza,  con  la  obscena  intención  de  conseguir  un  aumento  de  sueldo.
       Señores  les  invito  a  la  reflexión.

       MARÍA  BASTITZ   

lunes, 20 de agosto de 2012

* * * * MISERIA Y COMPAÑÍA S.A * * * *

Buenas  noches,  me  llamo  Gregorio  Barba,  no  me  confundan  ustedes  con  uno  de  los  padres  de  la  Constitución,  el  que  murió  hace  poco,  un  tal  Gregorio  Peces  Barba,  porque  yo  los  peces  los  perdí  hace  tiempo  en  el  río  y  si  me  descuido  pronto  me  quedaré  sin  panes.

     Soy  pensionista,  cobro  763.60  euros  al  mes,  después  de  haber  cotizado 47  años  a  la  Seguridad  Social.   María,  mi  mujer,  también  recibe  una  retribución  ridícula  del  SOVI,  y  hasta  hace  poco,  junto  con  el  alquiler  de  un  piso  en  la  Verneda,  vivíamos  los  dos.  Nos  daba  para  ir  tirando,  pero  la  crisis  se  llevó  por  delante  nuestro  escaso  bienestar. 
        Resulta  que  en  aquella  época   en  que  España  iba  bien  y  todo  el  mundo  era  rico,  Roberto,  nuestro  hijo,  se  enamoró  de  una  chica  de  Nou  Barris  que  quería  prosperar  y  albergaba  la  esperanza  de  dar  con  un  buen  partido,  casarse  e  iniciar  su  ascenso social.  Mi  hijo,  enchochado  como  el  que  más,  le  hizo  creer  que  él  era  el  hombre  de  sus  sueños,  y  bien  mirado  hasta  podía  colar. Después  de  haber  dado   a  mi  mujer  el  disgusto  de  su  vida  cuando,  años  atrás,  nos  dijo  que  quería  independizarse.  Se  largó  de  casa  y  alquiló  un  piso  en  el  Ensanche. Tenía  una  empresa  propia,  Transportes  Barba  S.L,  pues,  con  mucho  esfuerzo,  había  conseguido  reunir  una  flotilla  de  camiones  que  transportaban  automóviles  por  España  y  por  Europa.
        Así  las  cosas,  el  anillo  de  pedida,  era  la  primera  premisa  a  cumplir.  Una  alianza  de  diamantes  de  una  de  las  mejores  joyerías  del  Paseo  de  Gracia,  comme  il  faut,  aunque  casi  nos  da  un  pasmo  cuando  nos  dijeron  el  precio. María  y  yo  dudábamos,  la  joya  se  escapaba  de  nuestras  posibilidades,  pero  nuestro  hijo,  no    si  por  amor,  o  por  aquello  de  que  tiran  más  dos  tetas  que  dos  carretas,  abrió  la  cartera  y  pagó  sin  rechistar.  Luego  tuvimos  que  ir  a  casa  de  la  niña  y  cumplir  con  todas  las  formalidades  de  la  petición  de  mano.
         ¡Ah!  pero  esto  no  fue  todo,  mi  futura  nuera,  con  un  sueldo  que  no  podía  mantenerse  ni  de  pie,  quiso  vivir  en  Sant  Cugat,  y  Roberto  como  no  tenía  un  no  para  la  moza,  se  hipotecó  hasta  las  cejas.  María  y  yo  tuvimos  que  presentar  en  el  banco,  como  garantía,   las  escrituras  del  piso  de  Sans,  donde  vivíamos,  y  del  de  la  Verneda.  ¡Y  venga!  a  comprar  el  chalecito,  de  lo  mejorcito  de  la  zona;  dos  plantas,  salón  comedor,  seis  habitaciones,  tres  cuartos  de  baño,  dos  terrazas,  jardín  y  piscina.  Tampoco  se  conformó  con  amueblarlo  en  Ikea,  y  pronto  llegaron  a  la  propiedad  decoradores  y  especialistas  en  otras  artes,  que  lo  dejaron  hecho  un  primor.  ¿Para  qué  reparar  en  gastos  si  la  financiación  bancaria  lo  cubría  todo?  La  muchacha  no  cabía  en    de  gozo  y  no  paraba  de  decir:   –¡Ay  Robertito!  Eres  mi  príncipe  azul.

       Un  día  soleado  de  mayo,  nos  vestimos  con  nuestras  mejores  galas  y  casamos  al  niño  y  a  la  de  Nou  Barris  como  aristócratas,  en  un  castillo  de  renombre,  de  esos  que  utilizan  artistas  y  futbolistas  para  dar  el    quiero  a  aquella  con  la  que  dicen  haber  encontrado  el  amor,  antes  de  que  la  aborrezcan  y  tropiecen  con  otra  que  les  guste  más.  Como  los  padres  de  ella  no  soltaron   prenda,  María  y  yo,  tuvimos  que  sacar  los  ahorrillos  y  pagar  hasta  el  vestido  de  novia,  que,  por  supuesto,  había  tenido  que  ser  de  Rosa  Clará. Y  como  mi  mujer  me  decía: No  reniegues  más,  Gregorio,  que  es  nuestro  único  hijo. ¿Por  quién  lo  haremos  si  no  por  él?  Pues  adelante  con  el  gasto  ¡todo  por  el  nene!  La  niña  no  se  lo  creía,  de  pronto  debió  de  pensar  que  le  había  ocurrido  lo  mismo  que  a  aquel  adefesio  de  Moratalaz,  que  presentaba  el  Telediario,  que  se  casó  con  un  príncipe.  Claro  que  entonces  el  bodorrio,  como  tantas  otras  cosas,  lo  pagamos  todos  los  españoles,  y  este  solo  mi  mujer  y  yo.

      Luego  vino  el  asunto  de  la  luna  de  miel,  y  como  ya  no  estaba  bien  visto  viajar  a  La  Coruña  o  a   las  Canarias  tuvieron  que  irse,  en  business  class  y  maletas  de  Louis  Vuitton,  a  Tanzania,  al  Ngorongoro  Crater  Lodge,    ubicado  en  un  cráter.  Sí,  sí,  tal  como  lo  oyen,  claro  que  no  debía  de  escupir  lava  porque  les  instalaron  en  una  suite con  mayordomo  privado. Regresaron  exultantes  de  felicidad.  Contaba  la  de  Nou  Barris,  que  el  atardecer  era  el  momento  perfecto  para  contemplar  la  belleza  del  paisaje  y  escuchar  los  sonidos  nocturnos  de  la  selva,  en  aquel  rincón  mágico  de  África.  Y  yo  me  preguntaba  ¿qué  debía  saber  ella  de  rincones  mágicos  si  no  había  ido  nunca  más  lejos  de  Parets  del  Vallès?

      Después  hubo  que  cambiar  de  coche  porque  la  esposa  de  Robertito  no  paraba  de  hincharle  los  oídos  con  consideraciones  como  estas:  Cariño,  ese  Wolsvagen  Passat,  que  te  empeñas  en  seguir  usando  es  demasiado  vulgar,  deberías  comprarte  otro  coche  más  acorde  con  nuestra  posición. Y  mi  hijo  no  tardó   en  ir  al  banco  a  buscar  más  financiación  y  un  buen  día  apareció  con  las  llaves  de  un  Jaguar  de  más  de  cuarenta  mil  euros.  Cada  vez  que  la  de  Nou  Barris  conducía  el  XF,  debía  tener  la  sensación  de  encontrarse  en  una  especie  de  versión  moderna  de  la  carroza  de  Cenicienta.
      La  vida  les  iba  viento  en  popa.  La  empresa  crecía  y  mi  hijo  compró  un  par  de  camiones  más.  Mi  nuera  dejó  de  trabajar,  no  estaba  dispuesta  a  partirse  la  espalda  por  la  miseria  que  le  pagaban  y  decidió  dedicarse  al  dolce  far  niente,  a  viajar  y  a  gastar.  Con  los  primeros  fríos  ya  sacaba  las  pieles  del  armario,  como  si  Barcelona  fuera  Estocolmo  y,  por  la  rigidez  del  clima,  precisara  de  aquellas  prendas  con  asiduidad.

      Se  sometió  a  varias  intervenciones  de  cirugía  plástica  como  si  se  tratara  de  la  cosa  más  natural  del  mundo.  Una  para  aumentar  el  pecho,  otra  para  rebajar  la  nariz,  después  hubo  que  resaltarle  los  pómulos …Y  no  acababa  de  decidirse  a  quedarse  embarazada  para  que  no  se  le  estropeara  la  figura.
      En  uno  de esos  días  en  que  Robertito  y  su  mujer  parecían  vivir  una  felicidad  intensa,  igualita  a  la  de   las  películas  de  Hollywood,  María  y  yo  fuimos  a  la  caja  de  ahorros  y  nos  convencieron  para  que  invirtiéramos  el  poco  dinero  que  todavía  nos  quedaba  en  primas  preferentes.  El  director  llegó  a  decirnos  que  recuperaríamos  todo  lo  gastado  en  la  boda  del  niño,  y  mucho  más:  A  fin  de  cuentas –añadió–,  unos  padres  hacen  cualquier  cosa,  incluido  perder  sus  ahorros,  para  ver  a  su  hijo  feliz,  pero  poder  recuperarlos  con  un  producto  financiero  tan  innovador  no  tendrán  que  agradecérmelo  a    si  no  a  la  Divina  Providencia. No  estábamos  muy  convencidos,  había  un  montón  de  hojas  que  firmar,  repletas  de  letra  muy  pequeña,  pero  Don  Sebastián  había  sido  nuestro  asesor  financiero   toda  la  vida  y  era  imposible  que  no  nos  orientara  debidamente  ¿para  qué  entretenerse  en  leer  tanta  palabrería  económica?  Así  que  nos  entregamos  a  la  labor  de  estampar  firmas  y  más  firmas  en  los  papeles,  sin  que  nadie  nos  advirtiera  de  los  riesgos.
      Pero  sucedió  que  un  día  una  fuerte  crisis  sacudió  a  Europa  y  al  mundo.  España,  como  siempre,  fue  uno  de  los  países  que  corrió  con  la  peor parte.  Los  inversores  empezaron  a  inquietarse  cuando  el  Gobierno  no  encontraba  soluciones  y,  encima  negaba  el  conflicto. Zapatero  y  sus  sucesores  no  daban  pie  con  bola…mientras  la  prima  de  riesgo  aumentaba  y  la  banca  se  encontraba  a  un  paso  de  la  quiebra.  La  burbuja  inmobiliaria  estalló,  los  millones  del  tocho   se  esfumaron,  se  inició  una  progresiva  evasión  de  capital  y  las  ventas  de coches  empezaron a  caer  en  picado. Las  empresas  alemanas  ya  no  precisaban  de  los  camiones  de  mi  hijo  para  trasladar  sus  automóviles  desde  Alemania,  o  desde  Hungría,  hasta  aquí,  sino  que  los  transportaban  en  tren.  Directamente  llegaban  a  Irún  desde  la  factoría    húngara,  y  de  allí  Barba  Transportes  S.L  los  distribuía  por  toda  España. Europa  le  había  cerrado  definitivamente  las  puertas.
       La  de  Nou  Barris  vivía  ajena  a  la  situación  y  un  día  se  presentó  en  casa  con  un bolso,  que  a    me  pareció  de  lo  más  ordinario,  debe  ser porque  no  entiendo  nada de  moda.  Se  trataba  de  una  especie  de  saco  de  lona  con  asas  de  cadenas,  me  dijo  que  era  el  Cabas  de  Chanel: La  última  creación  del  Atelier  para  esta  primavera - verano,  ideal  para  ir  de  shopping –insistió.  Y  como  le  había  costado  menos  de  mil  quinientos  euros,  que  tanto  a  María,  como  a  mí,  nos  parecía  una  barbaridad,  ella  lo  veía  como  una  ganga  y  había  decidido,  que  de  ahora  en  adelante,  solo  llevaría  diseños  de  esta  firma.  Cuando  se  marchó  no  pude  evitar  protestar: A  esta  chica  le  falta  un  hervor  ¿no  se  da  cuenta  de  que  los  tiempos  han  cambiado?  A  su  marido  las  cosas  no  le  van  como  antes.   – Sí –respondió  mi  mujer–,  pero  hace  feliz  a  Robertito,  que  es  lo  que  verdaderamente  importa.

      Unos  días  más  tarde  mi  hijo  también  vino  a  visitarnos.  Lo  encontramos  muy  cambiado,  había  adelgazado  varios  kilos,  estaba   nervioso.  Nos  contó,  que  debido  al  descenso  de  las  ventas,  los  alemanes  habían  rescindido  todos  los  contratos  con  Barba  Transportes.  Que  desde  entonces  trabajaba  con  empresas  menos  serias,  que  los  impagados  se  le  comían  el  negocio,  que  llevaba  dos  meses  sin  poder  hacer  frente  a  la  hipoteca  y  el  director  del  banco  le  había  llamado  la  atención.  Le  sugerí  que  vendiera  el  chalet,  y  se  mudara  a  un  pisito  más  sencillo,  pero  me  respondió  que  aquel  era  un  sueño  de su  mujer,  hecho  realidad,  y  con  sus  deseos  no   jugaba.  Bien  sabía  que  era  caprichosa,  que  vestía  en  las  tiendas  más  caras  de  Barcelona,  pero  él  sin  ella  no  podía  vivir  y  aunque  tuviera  que  romperse  el  espinazo  trabajando,  nunca  le  negaría  nada.
        La  crisis  se  recrudecía  más  y  más,  y  Robertito  llevaba  medio  año  sin  hacer  frente  a  sus  deudas.  Y  como  había  pedido  a  la  de  Nou  Barris  que  controlara  el  dispendio,  ella  sufrió  un  ataque  de  cólera  y  enfadada    le  dio  con  la  puerta  en  las  narices  y  se  largó  con  una  amiga  a  Dubai,  porque  conocer  los  Emiratos,  aunque    no  distinguiera  a  un  árabe  de  un  chino,  era  un  signo  de  esnobismo  que  solo  los  de  su  clase  se  podían  permitir.  Y  así  se  libraba  unos  días  de  su  marido,  que  se  había  puesto  muy  pesado  con  eso  de  dejarle solo  la  calderilla  para  sus  gastos: No  te  enfades,  pichurri –le  dijo–,  ya    que  me  echarás  de  menos,  pero  enseguida  estaré  de  vuelta,  y  te  prometo  que  a  mi  regreso  no  te  arrepentirás  de  haberme  dejado  marchar.

      Llegados  a  este  punto, un  día  recibí  una  llamada  del  director  del  banco  de  la  agencia  de  Sant  Cugat  con  el  que  trabajaba  mi  hijo,  que  no  escatimó  detalles  a  fin  de  dejarme  bien  clara  la  cruda  situación  de  sus  finanzas,  para  terminar  soltándome  que  como  no  podía  pagar  iban  a  embargarle  la  empresa: –Pero  con  eso  no  basta  para  cubrir   toda  la  deuda –me  aclaró–, y   dado  que  usted  es  el  avalista  tendrá  que  responder  por  él.¿Yo? –le  pregunté  exaltado.  Sí,  usted –contestó  sin  miramientos–,  avaló  la  hipoteca  de  su  hijo,  Roberto,  con  dos  propiedades.
      No  entendía  bien  lo  que  me  decía,  la  cabeza  me  daba  vueltas.  Yo  solo  les  había  traído  las  escrituras  de  nuestro  piso  de  Sans  y  del  de  la  Verneda,  y  ahora  resultaba  que  esos  buitres  querían  quedarse  con  la  casa,  donde  vivíamos,  mi  mujer  y  yo,  desde  hacía  más  de  cuarenta  años. ¡Ah!  y  como  con  eso  tampoco  bastaba,  porque  la  de  Nou  Barris  no  escatimó  ni  en  lujo  ni  en  metros  cuadrados,  también  nos  embargarían  parte  del  de  la  Verneda,  aunque  como  comprendían  lo  triste  de  nuestra  situación,  tendrían  a  bien  el  dejarnos  vivir  allí.  Le  dije  que  me  diera  un  tiempo  para  solucionarlo  y  no  se  negó.
     Al  día  siguiente  me  fui  a  la  caja  de  ahorros  para  que  Don  Sebastián  me  ayudara  a  resolver  aquel  entuerto,  pero  ¡Oh,  sorpresa!  Le  habían  trasladado  a  otra  oficina.  Le  conté  lo  que  nos  sucedía  a  quien  estaba  en  su  lugar,  y  le  pregunté  si  el  dinerillo  que  Don  Sebastián  me  había  recomendado  que  invirtiera  en  aquel  producto  prodigioso  que  tantos  dividendos  daba,  bastaría  para  rescatar  a  mi  hijo  del  naufragio  económico  y  dejar  mis  propiedades  libres  de  cargos.  Entonces,  el  joven  flacucho  que  hacía  las  veces  de  Don  Sebastián,  me  contó  que  no  podía  disponer  de  mis  ahorros  porque  los  había  invertido  en  primas  preferentes  a  veinte  años,  es  decir  deuda  perpetua,  y  como  en  aquellos  momentos  tan  críticos  la  entidad  no  tenía  beneficios,  no  estaba  obligada  a  pagar  intereses.  Aunque,  dadas  las  circunstancias,  y  por  gentileza  de  la  caja,  en  el  mes  de  junio  podría  recuperar  quince  mil  euros.  Le  dije  que  no  me  lo  habían  vendido  de  esta  manera,  que  me  habían  garantizado  disponibilidad  absoluta.  En fin,   de  todo  menos  guapo,  a  lo  que  el  hombre  respondió  con  un  lacónico: Lo  siento,  señor,  las  normas  son  así  y  nos  las  marca  Europa. Definitivamente  estaba  sin  blanca.  Mi  hijo  perdió  el  negocio  y  el  chalet,  y  yo  mi  casa  de  toda  la  vida.
     Mientras  tanto,  la  de  Nou  Barris,  parecía  no  querer  regresar  de  aquellas  tierras  lejanas,  a  pesar  de  las  súplicas  constantes  de  mi  hijo.  Debía  de  ser  por  aquello  de  que  cuando  la  miseria  entra  por  la  puerta  el  amor  sale  por  la  ventana,  el  caso  es  que  un  buen  día  volvió  de  Dubai  acompañada  de  su  estilista  y  de  dos  guardaespaldas.  Y  pensar  que  yo  la  creía  tonta.  Pues  de  eso  nada.  Resulta  que  cuando  su  marido  empezó  a  aplicarle  recortes  presupuestarios  intuyó  el  hundimiento  de  sus  finanzas  y  se  fue  a  los  Emiratos  a  solucionar  su  futuro.  Y  tal  como  correspondía  a  su  estilo  le  echó  el  ojo  a  un  buen  mozo,  que  resultó  ser  el  hijo  del  emir,  y  como  en  un  cuento  de  Las  Mil  y  una  Noches,  se  enamoró  perdidamente  de  ella.  No    que  le  debió  ver el  pimpollo  real,  pero  nos  aseguró  que  si  había  regresado  a  Barcelona,  solo  era   para  pedirle  a  mi  hijo  el  divorcio,  a  fin  de  acelerar  su  matrimonio  con  el  príncipe,  y  recoger  sus  pertenencias,  que  con  las  prisas  del  desahucio  olvidamos  en  San  Cugat,   pero  gracias  a  las  gestiones  de  Dubai,  el  banco  le  permitió  sacar  del  chalet  pieles  y  bolsos  de  Chanel.
       Y  yo,  Gregorio  Barba,  de  73  años,  que  nunca  había  debido  un  duro  a  nadie,  estoy  sin  piso  y sin  ahorros,  todo  se  nos  lo  ha  quedado  el  banco,  y  con  un  hijo  a  mi  cargo,  ya  que  no  cobra  el  subsidio  de  paro  por  haber  sido  autónomo.  Y  puedo  dar  gracias  a  Dios  por   vivir  en   un  cuchitril  de  cincuenta  metros  cuadrados,  que  cuando  lo  alquilaba  lo  anunciaba  como  piso  soleado  en  la  zona  Forum  pero,  en  realidad,  no  es  más  que  un  entresuelo  sin  luz,  cargado  de  humedades.


MARÍA  BASTITZ

Nota: La  Verneda,  Nou  Barris  y  Sans,  son  barrios  de  Barcelona.