martes, 30 de octubre de 2012

* * * * * * BARCELONA ONCE DE SEPTIEMBRE DE 1714 * * * * * *


                                              SEGUNDA  PARTE

                                         –La  Guerra  y  sus  Héroes–

                                                        -Héroes-

Bien,  como  está  comprobado  que  el  orden  de  los  factores  no  altera  el  producto,  hablaremos  primero    de  los  héroes  y  luego  de  la  guerra,  para  que  sus  nombres  les  resulten  más  familiares.  En  esta  contienda,  hubo  militares  expertos  y  valientes  en  ambos  bandos,  de  los  que  cabría  destacar:
Al general inglés John Churchill, duque de Marlborough,  que  al  entrar  Inglaterra  en  el  conflicto  bélico,  el 4 de mayo de 1702,  y declarar la guerra a Francia,  se  puso  al  mando del  Ejército  Aliado.


A  Jacobo Stuart Fitz-James, duque de Berwick, hijo natural del rey Jacobo II de Inglaterra y sobrino de Marlborough, que se nacionalizó francés cuando  su padre  perdió la corona, y  que  dio a  Felipe  V el triunfo  en  la  batalla  de Almansa.


Al mariscal Eugenio de Saboya-Carignano que nacido francés  fue  rechazado  cuando  quiso  alistarse  en  el  ejército  de  aquel  país.  Siempre  se  opuso  a  la  ambición  de  Francia  por  dominar  Europa,  y  pasó  a  formar  parte  de  la  armada  del  Sacro Imperio  Romano  Germánico  y,  como  no  podía  ser  de  otro  modo,  en  la Guerra de Sucesión Española, combatió  en  el  bando  austríaco.  Fue comandante de las tropas del Emperador en el norte de Italia.  Participó  en  la  batalla de Carpi, en la de  Cremona y  en  la  de Luzzara. Junto al Duque de Marlborough, consiguió  la victoria en  Blenheim,  y  por  méritos  propios  las  de Turín, Oudenarde  y   Malplaquet.


Claudio Luis Héctor, duque de Villars, mariscal de Francia, y  el mejor general de Luis XIV en la Guerra de Sucesión.


Luis José de Borbón, duque de Vendôme,  que  fue enviado a España por Luís  XIV al mando de un cuerpo de ejército, para fortalecer los intereses de Felipe V. Se destacó en la batalla de Brihuega,  en la que derrotó  a los ingleses, dirigidos  por el general James Stanhope.  Falleció  en Vinaroz  y,  por  orden  de  Felipe  V,  fue sepultado en El Escorial.

Juan   de  Cereceda  y Carrascosa: Conocido  como  el  Centauro  de  la  Mancha.  Caballero  de  la  Orden  de  Calatrava.  Las gestas de este soldado, no  son  célebres porque  jamás redactó un memorial para solicitar ascensos  o  distinciones.  Es más, cuando se le ofreció  el  cargo  de  gobernador de Alicante, renunció con  las  únicas  palabras  que  se  sabe  que  pronunció  delante  de  otras  personas: Antes  prefiero  mandar  a cuatro soldados inválidos que a miles de civiles. Y  como  en  aquellos  tiempos,  las  guerras  se  ganaban  gracias  a  saber  tomar  decisiones  acertadas  sobre  el  terreno,  aprovechaba  al  máximo  las  cualidades  de  sus  hombres  y  empleaba  la  imaginación  cuando,  ante  la  superioridad  del  enemigo,  no  le  quedaba  otra  solución.  Y  hay  que  decir  que  manejaba  con brillantez  este  tipo  de  situaciones

Josep  Moragues  i  Más: Terrateniente. Su  profundo  sentimiento  anti  francés,  por  las  constantes  incursiones  del  ejército  del  país  vecino  en  tierras  cercanas  a  sus  propiedades,  fue  un  factor  determinante  para  que  rechazara  al  rey  Felipe  V   y  simpatizara  con  la  causa  del  pretendiente  austríaco. Josep Moragues se destacó en la lucha  y adquirió un considerable prestigio,  hasta 1707 formó parte del Regimiento de las Reales Guardias Catalanas,  cuerpo  militar de élite  del ejército del  archiduque. Después  ascendió  a general de batalla, el grado más importante que  alcanzaban  los combatientes catalanes. A principios de 1707 fue nombrado gobernador de Castellciutat, fortaleza militar de  la Seo de Urgel, que protegía la zona fronteriza de las penetraciones de los franceses.

Antonio  de  Villarroel  y  Pelaez: Nombrado  Teniente  Mariscal  por  el  archiduque  Carlos  de  Habsburgo, y  del  que  hablaré  en  la  última  parte  de  esta  crónica.

 
                                                         -La  Guerra-
Dada  la  complejidad   de la sublevación, la confrontación presentó un doble cariz; los  castellanos,  vascos  y  navarros,  tanto   pueblo  como  clero,  apoyaban la causa borbónica, mientras la alta nobleza era partidaria del archiduque.  En  cambio  en Aragón, el  respaldo  fue  inverso.  Y  es  aquí  donde  conviene  recordar,  sin  que  por  mi  parte  implique  posicionamiento  alguno,  sino solo  la  intención  de  acabar  con  los  malos  entendidos,  y  dejar  claro  a  la  señora  de  Cospedal  cuando  dice   que:  Catalunya  nunca  fue  un  reino  en sí  mismo,  que  ya  lo  sabemos,  y  que  muy  a  pesar  nuestro,  nunca  existió  como  nación  ya  que,  únicamente,  formaba  parte  de  la  corona  de  Aragón.  En  aquel  entonces,  la  soberanía  no  era  nacional  sino  dinástica  y  el  concepto  de  nación,  tal  y  como  lo  entendemos  hoy  en  día, es  fruto  de  los  cambios  que  se  dieron  en  Europa  desde  la  segunda  mitad  del  siglo  XIX,  hasta  el  final  de  la  Gran  Guerra.  Pero  no  les  voy  a  hablar  de  estos  detalles  semánticos,  que  últimamente  parece  que  tanto  dan  de  sí,  ni  tampoco  de  todos  los  pormenores  de  la  lucha  armada,  sino  de  aquellos hechos estrictamente  ligados  al  tema  que  nos  incumbe.  Aunque  no  puedo  pasar  por  alto,  no  por  patriotismo  sino  por  hartazgo,  porque  nunca  nadie  habla  de  las  pérdidas  del  reino  de  Aragón  en  la  contienda, Nápoles  y  Sicilia  por  poner  un  ejemplo,  que  en  1704  los  ingleses  ocuparon  Gibraltar  en  nombre  del  archiduque,  y el  peñón  todavía   hoy,  es  parte  del  botín  que  pagó  la  corona  de  Castilla  por  aquella  guerra.  En 1705, el  conflicto  bélico, internacionalizado  desde  el  primer  momento, se  convirtió  en una contienda civil.
          Llegados  a  este  punto,  hacía más de cuatro años que Felipe V reinaba en España con la  aprobación de todos sus súbditos. Pero,  en  agosto  de  aquel  año, el pretendiente  austríaco embarcó en Lisboa  junto  a  su  escuadra,  compuesta por 180 barcos,  800 caballos  y 9.000 soldados ingleses, holandeses y austríacos,  bajo el mando de Lord Peterborough,  y  puso  rumbo  al  Mediterráneo.  En  su  travesía,  el  archiduque Carlos hizo escala en Gibraltar. Allí  se  unió  a  su  flota  Jorge de Darmstadt,   príncipe de Hesse, con dos regimientos  más.  Navegaron  por  aguas  de  la  corona  de  Aragón, bombardearon Alicante  y se detuvieron en Altea  donde  el  archiduque  fue  proclamado Rey  con el nombre de Carlos III.   
         Este  levantamiento  vino  determinado  por: La  propaganda  austriaca,  que insistía  en el carácter  centralista  de  la  administración  borbónica.  Los   atentados  cometidos  contra  el régimen  autónomo   tradicional,  y  la   presencia  de  la escuadra  aliada  en  distintos  puertos mediterráneos,  como  medida  de  coacción.
         La  flota  del  archiduque  llegó a Barcelona el 22 de agosto,  pero  la  ciudad  reiteró  su  obediencia  a  Felipe  de  Borbón,  reconocido  como  soberano  por  las  Cortés  de  Cataluña  de  1701.  La  noche  del  13  al  14  de  septiembre  los  confederados  decidieron  atacar  el  castillo  de  Montjuïc,  Jorge de Darmstadt dirigió la  toma  de  la fortaleza con la aproximación sigilosa de tres columnas: la primera compuesta por 400 granaderos ingleses e irlandeses; la segunda por 400 mosqueteros ingleses,  por 100 neerlandeses y 100 catalanes; y la tercera por 300 dragones y 1.000 soldados ingleses. Otros 1.000 catalanes, con Antonio de Peguera bajo las órdenes de James Stanhope, cerraron el paso a la guarnición de Barcelona. 
         El asalto perdió el factor sorpresa y los defensores superaron el primer ataque. En  defensa  de  la  fortaleza,  salieron  de la ciudad 400 granaderos a caballo y Jorge de Darmstadt murió en el combate,  al  querer  impedirles  alcanzar  su  objetivo, mientras que 300 aliados fueron  hechos  prisioneros. Sin embargo, los  confederados  volvieron  a  reagruparse y  dirigidos por Lord Peterborough, que  contaba con más de 1.000 catalanes  que  se  habían  puesto  a  su  disposición, conquistó las defensas exteriores del castillo, que cayó unos  días  después. El Virrey de Cataluña Francisco Antonio Fernández de Velasco y Tovar firmó la capitulación  de  la  ciudad el 9 de octubre de 1705,  y  poco  después  entró  en Barcelona el Archiduque Carlos, que el 7 de noviembre de 1705 juró los  Fueros  Catalanes,  porque  la  conducta  de  los  Habsburgo  siempre  había  sido  la  de  conservar  las  prerrogativas  de  los  territorios  que  ocupaban,  absolutamente  antagónica  a  las  maneras  de  hacer  de  los  borbones,  obsesionados  en  conservar  el  poder  centralizador. Una de las primeras medidas que tomó  el  nuevo  Rey fue la convocatoria de  Cortes Generales.
        En 1706, tras las decisivas batallas de Ramillies (Bélgica) y Turín, la  corona  española  perdió Flandes y el Milanesado. Y  Felipe V  tuvo que abandonar Madrid ante el ataque del pretendiente. En abril de 1707, las fuerzas franco-españolas derrotaron al ejército aliado en Almansa, propiciando  así  la  caída  de  una  parte  de  los  territorios  de  la  corona  de  Aragón.  Ese  mismo  año, la escuadra confederada se apoderaba de Orán, Cerdeña y Menorca. Durante 1708, las tropas borbónicas lograron  dominar Valencia y  avanzar hacia Cataluña.  El 1 de agosto del  mismo  año,  el  pretendiente  austríaco contrajo matrimonio, en la iglesia de Santa María del Mar de Barcelona, con la princesa  Isabel Cristina de Brunswick, hija mayor del Duque Luis Rodolfo de Brunswick. 


         En 1709, Luis XIV quiso  negociar  la  paz  pero  se  retractó  ante las condiciones impuestas  por  los aliados, que le exigían luchar contra su propio nieto. Aquel  año, los partidarios del archiduque  Carlos consiguieron  que el Papa Clemente XI, lo  reconociera  como  rey  de  España,  lo que provocó la ruptura de relaciones  entre  la  corte  del  Borbón y el Vaticano.
          En 1710, una ofensiva aliada  lanzada desde Barcelona logró detener  en  Almenara a las  tropas  de  Felipe V,  y  el  Ejército  Confederado  tomó de nuevo Madrid. Sin embargo, las victorias de Brihuega y Villaviciosa de Tajuña (Guadalajara), decidieron la guerra en España a favor del  pretendiente  francés...Continuará

MARÍA  BASTITZ

Nota: La  bibliografía  os  la  anotaré  en  el  último  capítulo









lunes, 8 de octubre de 2012

* * * * BARCELONA, ONCE DE SEPTIEMBRE DE 1714 * * * *

     

                                                         PRIMERA  PARTE


En  este  país  del  disparate, que  en  poco  tiempo  se  ha  convertido  en  el  hazmerreir  de  Europa,  que  tiene  un  Presidente  al  que  le  da  miedo  dar  la  cara  porque  no  ha  cumplido  ninguna  de  las  promesas  de  su  programa  electoral  y  debería  dimitir,  pero  no  hay  forma  de  que  renuncie  al  cargo,  aunque    a   su  dignidad,  y   se  oculte  tras  las  faldas  de  damiselas  trasnochadas,  y  tan  poco  agraciadas  como  obtusas  de  mente,  para  que  le  sustituyan  en  la  ingrata  labor  de  ir  anunciando  a  los  depauperados  españoles,  los  recortes  impuestos  por  Alemania.  Si no  díganme  ustedes  ¿qué  hacen,  con  tanta  frecuencia,  las  señoras  Sáez  de  Santamaría  y  de  Cospedal,  mientras  don  Mariano  se  pasea  por  la  Quinta  Avenida  con  un  Cohiba  en  la  boca?  En  este  país  que,  gasta  millones  de  euros  en  construir   aeropuertos  sin  que   aterricen  aviones,  trenes  de  alta  velocidad  donde  la  última  estación  es  el  Atlántico.  Este  país  que  escucha   la  voz  de   la  Conferencia  Episcopal,  que  opina  de  asuntos  que  no  incumben  a  Dios,  y  de  la  milicia  rancia,  que  al  más  puro  estilo  del  general  Espartero  quiere  bombardear  Barcelona,  mientras  que  una  ralea  de  periodistas  e  intelectuales  de  baja  estofa  dogmatizan  a  diario  con  aquello  que  ignoran  y  tampoco  se  han  molestado  en  aprender,  conviene  ir  aclarando  conceptos  a  la  sociedad,  tantas  veces  agredida  por  amenazas  que  insultan  la  inteligencia.
        Pues  bien,  dada  la  situación,  hoy  les  voy  a  hablar  de  los  acontecimientos  históricos  del  Once  de  Septiembre  de  1714,  que  favorecieron  el  advenimiento  al  trono  de  las  Españas  a  Felipe  V  de  Borbón.  Sí,  lo  han  leído  bien,  acontecimientos  históricos,  que  nadie  espere  que  me  posicione  entre  el    o  el  no  a  la  independencia,  porque  no  lo  voy  a  hacer.  A  mi  modo  de  ver  los  sentimientos,  y  más  aún,  en  materia  tan  sensible,  deben  guardarse  en  el  ámbito  de  lo  estrictamente  privado.  Claro  que,  a  lo  largo  de  este  escrito,  tampoco  pretendo  ocultar  mis  simpatía  por  la  Casa  de  Austria.
      Debido  a  la  extensión  de  la  crónica,  he  decidido  dividirla  en  tres  partes: 1) Los  Pretendientes  al  Trono. 2) La  Guerra  y  sus  Héroes.  3) La  Catástrofe.

                                             -Los  Pretendientes  al  Trono-

Carlos II,  último  rey  Habsburgo  español  iba  a  morir  sin  descendencia,  y  había  sugerido  como  posible  heredero  a  José  Fernando  de  Baviera.  Por  lejano  que  pueda  parecer,  en  aquellos  tiempos,  España  era  un  imperio, y  Luis XIV  quiso evitar  una  alianza  con  Alemania  semejante  a  la  del  reinado  de  Carlos I,  que  aisló  por  completo  a  Francia  del  eje  del  poder.  Por  ello  favoreció  la  resolución  del Primer Tratado de Partición por el que  se  asignaba el Reino de España,  sin  Guipúzcoa, los Países Bajos, Cerdeña, y las Indias occidentales  al  pretendiente  bávaro.  El Milanesado  quedaba  en  manos  de Austria, mientras que el Reino de Nápoles (Nápoles, Sicilia y La Toscana) además  de  Guipúzcoa  iban  a  ser  para Francia. Las  argucias  del  monarca  francés  disgustaron a   Carlos II  que  no aceptó  el  tratado, y nombró heredero  universal a   José Fernando de Baviera. Pero  el  infortunio  quiso  que  el  príncipe  falleciera,  por  culpa  de  la  viruela,  en  1699.
     Llegados  a  este  punto,  otros  dos  pretendientes   Felipe  de  Borbón  y  Carlos  de  Habsburgo,  también  aspiraban  al  trono  español,  y sería  correcto  analizar  las  razones  dinásticas  en  las  que  se  apoyaban,  que  eran  tan  débiles  como  para  organizar  una  guerra.  Ambos  descendían  de  Felipe  III,  pero  su  parentesco  con  el  rey  difunto  era  de  cuarto  y  quinto  grado. Sus  abuelas  fueron  hermanas  de  Felipe  IV,  aunque  habían  renunciado  a  sus  derechos  a  la  corona  para  casarse  con  herederos  de  otras  familias  reinantes.


                                                        Felipe  V

      Entonces  Luis  XIV  y  Guillermo III de Inglaterra pactaron un Segundo Tratado de Partición  por el que se reconocía al archiduque Carlos  de  Habsburgo,  hijo  menor  del  emperador  Leopoldo  I  del  Sacro  Imperio como heredero del Reino de España, los Países Bajos, Cerdeña y las Indias americanas, mientras  que  el  reino  de  Nápoles  se  convertía  en  territorio  francés  y  el Milanesado  acababa  en  poder  de  los  austríacos.  Pero  esta  vez,  Su  Majestad  Imperial  fue  quien  reclamó la totalidad de la herencia española  para  su  hijo,  y Carlos II  de  España,  que  temía  por  la  unidad  de  su  reino,  testó  a  favor de Felipe de Anjou,  segundo  hijo  del  Delfín  de  Francia,  con  la  esperanza  de  que  al  ser  nieto  de  Luís  XIV,  el  Rey  Sol  evitara  la  desintegración  del  imperio  español.  El  1  de  noviembre  de  1700  Carlos  II  moría  en  Madrid.  Aquel  mismo  mes  Felipe  de  Anjou  aceptaba  la  corona,  como  Felipe  V,  y el  22  de  enero  de  1701  llegaba  a  la  villa  y  corte.  Y  aunque  el  pueblo  lo  recibió  con  gran  alegría,  nada  parecía  motivar  al  nuevo  rey.  Mientras  tanto,  el  Emperador  de  Austria,  se  negaba  a  reconocer  al  recién  proclamado  soberano,  convencido  de  que  su  hijo,  el  archiduque  Carlos,  reunía  todos  los  requisitos  de  legitimidad  para  sentarse  en  el  trono  en  lugar  del  pretendiente  francés,    y  acusó  a  los  ministros  del  desaparecido  soberano  español  de  connivencia  con  Francia  para  obligarle  a  testar  en  contra  de  su  voluntad.  La  inesperada  expansión  de  la  Casa  de  Borbón  también  incomodó  a  Inglaterra,  ante  la  perspectiva  de  una  unión  hispano  francesa  que  daría  al  traste  con  sus  planes  futuros, y  decidió,  igual  que  lo  haría  Holanda,  apoyar  al  pretendiente  Habsburgo.


                                       Archiduque  Carlos  de  Habsburgo

             Así  las  cosas,   las  amenazas  de  guerra,  venidas  desde  el  Sacro  Imperio  y  el  Mar  del  Norte,  parecían  no  preocupar  demasiado  al  monarca. Ni  la tarea de reorganizar  las   instituciones  del  Estado,   ni  su  responsabilidad  como  cabeza  visible  de  un  Imperio, ni    la angustia  por  la  ofensiva  que  estaba  a  punto  de  llegar,   le  evitarían  caer  en  el  desánimo. Ante esta situación se  decidió  buscarle  esposa.  Decía el marqués de Louville: Es preciso que se case rápidamente aunque sólo sea para extraerlo del tedio en el que se encuentra.  Y  a  medida  que  se  acercaba  la  fecha  de  su  matrimonio  con  Mª Luisa  de  Saboya,  previsto  para  el  día  3  de  noviembre  de  1701  en  Figueras,  Felipe  se alejaba  de  su  perpetuo  estado  de  melancolía.



                                                     Mª Luisa  de  Saboya

              Después  del  enlace,  su  entrega  completa  al  deber  conyugal,  llevó  a  su  abuelo,  Luís  XIV,  a  escribirle  en  más  de  una  ocasión,  a  fin  de  instarle  a  hacer  menos  el  amor  y  a  preocuparse  más  de  su  reino.  La  princesa  de  Ursinos, Marie  de  Tremoille,  nombrada  camarera  mayor  de  los  recién  casados,  se  lo  explicaba  por  carta  al  monarca  francés: El  rey  –es  decir  Felipe V–, no  se  levantaría  en  todo  el  día  si  no  descorriese  yo  el  cortinaje  de  su  cama,  y  sería  una  especie  de  sacrilegio  que  no  penetrase  quien  no  fuera  yo  en  la  cámara  real,  cuando  S.S.M.M  están  echados. 
         Pero  el  asunto  se  complicó  en  1702,  ya  que  Austria,  Inglaterra  y  los  Países  Bajos  firmaron  la  Gran  Alianza  de  la  Haya,  y  reconocieron  como  rey  de  España  al  hijo  del  Emperador  Leopoldo I  del  Sacro  Imperio  Romano Germánico,  con  el  nombre  de  Carlos  III  e  invitaron  a  Francia  a  dejar  de  entrometerse  en  los  asuntos  españoles.  La  guerra,  ya  inevitable,  llegó  en  mayo  del  mismo  año. 
          Finalmente,  Felipe V,  se  decidió  a  enmendar  la  dejadez  que,  hasta  entonces,  había  manifestado  por  los  asuntos  de  Estado,  acabó  cediendo  a  las  presiones  de  la  Corte  de  Versalles  y  se  embarcó  hacia  Nápoles  para  ponerse  al  mando  de  sus  tropas.  Su  esposa,  se  resignó  a  la  abstinencia  carnal  y  se  lo  comunicó, también  por  carta,  a  su  abuelo  político: Creo  poder  decir  sin  faltar  a  la  modestia,  Señor,  que  yo  amo  apasionadamente  al  rey;  así  que  no  sabría  separarme  de  él,  más  que  con  un  extremo  dolor.
        Continuará…