viernes, 22 de febrero de 2013

* * * * BARCELONA, ONCE DE SEPTIEMBRE DE 1714 * * * *



                                                         -Cuarta  Parte-



Amigos:
Debo  pediros  perdón  por  la  demora  en  concluir  esta  crónica  pero,  asuntos   ajenos  a  mi  voluntad,  me  han  tenido  apartada  de  la  escritura  durante  varias  semanas.  Al  fin   ha  llegado  el  momento  de  que,  desde  este  modesto  blog, se  haga  justicia  histórica.  Por  ello  les  pasaré  a  relatar  la  biografía  de  quienes  tuvieron  responsabilidad  política  y  militar  en  el  Sitio  de  Barcelona  y  me  extenderé   en  los  acontecimientos,  explicados  con  anterioridad,  para  que  puedan  hacerse  una  idea  del  papel  que  desempeñaron.  Y  ustedes  mismos  juzgarán  quién  fue  el  héroe  y  quién  el  villano.
        Rafael  de  Casanova  Comes: Moyá, 1660 - San Boi de Llobregat, 1743. Jurista, que  apoyó  al archiduque Carlos de Austria  mientras  duró la Guerra de Sucesión.  Conseller en Cap de la Ciudad Condal y máxima autoridad militar y política de Cataluña durante el Sitio de Barcelona. Herido  el 11 de septiembre de 1714,  en  la  batalla  final,   fue  relevado  de sus cargos políticos y militares  tras  la  ocupación  borbónica. Pero  después  pidió  perdón  a  Felipe V  y  pudo  volver a ejercer la abogacía hasta poco antes de su muerte.

         Si  no  fuera  porque  me  siento  obligada  a  ser  más  explícita  con  mis  lectores,  que  hace  tiempo  que  esperan  que  concluya  esta  crónica,  daría  por  valida  esta  reseña  biográfica,  dado  que  creo  que  Casanova  no  merece  más.
         Antonio de Villarroel y Peláez: Barcelona, 1656 - Segovia, 1742.  Militar al servicio de Felipe V,  hasta  que  en  1710  se  adhirió,  desde  de Galicia, a la causa  del  Habsburgo.  El  archiduque  Carlos  le  nombró  teniente  mariscal  de  su  Ejército.
        Pero  ya situados  en  Cataluña,  concretamente  en  el  Sitio  de  Barcelona,  hemos  de  recordar  que  los   Tres Comunes[1]  lo  nombraron  comandante  supremo  de  las  fuerzas  austriacistas. Mientras  la  ciudad  estuvo  sitiada, veló  para  que sus  débiles defensas   no  sucumbieran,  a  pesar  de  que  solo  contaba  con poco más de 5.000 hombres, de los que unos 3.500 eran miembros de la milicia gremial. Para rechazar la  ofensiva  enemiga, en julio del 1714, organizó  una salida rápida  de  sus  escasos  efectivos  a  través  de  la  muralla,  a  fin  de  intentar  romper  el  cerco.  Pero  las  tropas  francesas   contaban  con  más  de  40.000  soldados  situados  al  otro  lado  y  pudieron  resistir  la  maniobra.
          Los  constantes  ataques  del  Ejército  del  Borbón,  consiguieron  ir  abriendo  brechas  en  las  murallas,  y  en  septiembre  Villarroel  pensó  en  capitular,  pero Casanova y el resto de los consejeros se opusieron.  El  teniente  mariscal dimitió,  para  después  volver  a  reincorporarse  y  dirigir  a  sus  hombres  en  la  batalla  final.
         Tras  la  rendición  de  Barcelona fue encarcelado  en  Alicante,  después  en  La Coruña, y  finalmente  en  el Alcázar de Segovia  donde,  años  más  tarde,  sería  liberado.  Pudo vivir  hasta  su  muerte de la pensión que le concedió el archiduque Carlos, entonces emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.
         Dice  de  Villarroel  el  Teniente  Coronel  de  Ingenieros,  Joaquín  de  la  Llave  García,  en  su  Estudio  Histórico  del  Sitio  de  Barcelona: Es  indudable  que  Don  Antonio  de  Villarroel  reunía  condiciones  de  energía,  de  don  de  mando  y  de  inteligencia  en  la  guerra,  que  le  hacen  elevarse  por  encima  del  común  de  sus  contemporáneos.  La  defensa  de  Barcelona,  que  él  dirigió,  fue  verdaderamente  excepcional.
    
                                       El  Sitio  de  Barcelona  (Segunda  Parte)

En  virtud  del  Tratado  de  Utrech,  y  con  Gibaltrar  entre  sus  posesiones,  los  ingleses  pronto  olvidaron  su  alianza  con  Cataluña,  que  a  cambio de  ayuda  militar,  y  de  que  se  respetaran  sus  Fueros,  se  había  comprometido  a  luchar  por  la  causa  austriacista.  Pero  de  aquello  habían  pasado  años,  y  los  muy  negligentes  súbditos  de  Su  Graciosa  Majestad,  después  de  firmar  la  paz,  y  de  haber  conseguido  el  peñón  y  demás  prebendas,  abandonaron  a  los  catalanes  a su  suerte,  junto  con  todos  aquellos  que  seguían  siendo  fieles  al  pretendiente  Habsburgo,  y  que  habían  acudido  al  Principado  en  busca  de  refugio.  A  pesar  de  los  acuerdos  y  de  las  palabras  de  Felipe V:  Ya que Dios ciñó mis sienes con la corona de España, la conservaré y defenderé mientras me quede una gota de sangre en las venas. Es un deber que me impone mi conciencia, mi honor, y el amor que profeso a mis súbditos.  Barcelona  continuó  resistiendo  a  la  tiranía  borbónica.  El  4  de  septiembre  el  duque Berwick  les  hizo la primera propuesta de capitulación. La respuesta de la ciudad no  se  hizo  esperar, solo se rendirían si se conservaban sus privilegios,  a  lo  que  Berwick se  negó  y  el  10  de  septiembre recrudeció los ataques. Los  tres  Comunes  se  reunieron  para  analizar  los  inconvenientes  de  la  rendición  pero,  después  de  muchas  deliberaciones,  se  negaron  a  aceptarla.  Informado el teniente  mariscal Antonio de Villaroel  de  tal  decisión,  solicitó la renuncia de su cargo, pues se negaba a participar  en  un  baño  de  sangre,  a  su  juicio  innecesario. El 6 de septiembre los Tres Comunes aceptaron su dimisión,  le agradecieron los servicios prestados y  le informaron  que els Consellers  esperaban que  un convoy, procedente de Mallorca, lograra romper el cerco marítimo de  los  franceses,  y el teniente mariscal,  si  así  lo  deseaba,  podría  embarcar y abandonar Barcelona. Pero  surgió  el  despropósito  cuando  Villarroel  preguntó  quién  iba  a  ser  su  sustituto. El síndico  de  la  ciudad  le respondió,  solemnemente, que  no  habían  encontrado   mejor  candidata  que  la Virgen de la Merced,  ya  que  en  ella  recaían  todas  las  virtudes,  y cuya imagen había sido retirada de la iglesia e instalada en la silla del  Teniente  Mariscal  para que,  por inspiración divina, transmitiría  órdenes al Conseller en Cap, Coronel, y Gobernador, Rafael  de Casanova, quien  a  su  vez, las comunicaría a los militares que  estaban  bajo su  mando. 
       Así  las  cosas,  el  Once  de  Septiembre  de  1714  iba  a  ser  un  día  trágico.  De  madrugada, más de cuarenta batallones borbónicos, se  precipitaron sobre Barcelona.  La  ofensiva  se  hizo  efectiva  por  tres  frentes  simultáneos. El baluarte de Llevant, el reducto de Santa Eulàlia  y el baluarte de Santa Clara  recibieron   constantes  envites  del  enemigo. Mientras tanto, el baluarte del Portal Nou, fue asaltado por la elite de las tropas de Felipe V, los Regimientos de  las  Reales Guardias Españolas y Valonas, bajo el mando del mariscal Antonio del Castillo. Alrededor  de  las cinco de la mañana, las tropas  del  Borbón  conseguían aplastar  a  los  efectivos que defendían la  muralla,  o  mejor  dicho,  lo  que  quedaba  de  ella.
       Los combatientes del baluarte de Llevant, morían  por  culpa  de  las  bayonetas  de  la  infantería francesa,  igual  que les sucedía a los defensores del baluarte de Santa Clara,  que  notaban  como  el  aguijón  del  arma  penetraba  en  su  espalda  sin  que  pudieran  evitarlo, aunque algunos  lograron  salvarse gracias a la carga suicida de una de las compañías de la Coronela de Barcelona[2].
      Poco después, bajo  el  asedio  de las tropas españolas, también cayó el baluarte del Portal Nou. Els Consellers de Barcelona, al  ver  que toda la línea de defensa  se había colapsado,  que las  murallas,  tan  celosamente  guardadas  durante  trece  meses,  flaqueaban, que el  ataque del  ejército  borbónico   había  abierto  en  ellas  siete  brechas  gigantescas  por  donde  se  colaban  cientos  de  enemigos y que la caída de la ciudad era  inminente, decidieron abandonar su cuartel general, en el portal de San Antonio, y salir a combatir por las calles. En ese momento recibieron la  noticia  de  que  el teniente mariscal Antonio de Villarroel, que  tal  como  le  propusieron,   se  habría  podido  marchar  en  un  galeote  hasta  Mallorca  y  de  allí  embarcar  hacia  Italia  para  incorporarse  a  los  Ejércitos  del  Sacro  Imperio, les comunicaba que  iba  retomar el mando militar.  Dispuso  dos  ataques  concéntricos,  uno,  que  dirigiría  él  mismo,  desde  el  centro,  y  el  otro  Rafael  de  Casanova,  que  portando  la  bandera  de  Santa  Eulàlia,  actuaría  desde  el  sector  de  San  Pedro.
       Casanova ordenó emitir el que sería su último bando como Conseller en Cap de Barcelona:
      De parte del Excelentisimo Señor Conseller en Cap, Coronel y Gobernador de la plaza y fortaleza de Montjuïc, se dice, amonesta y manda a todos generalmente, a partir de los 14 años, sin ningún pretexto, ni excepción, tomar las armas, y asistir a la defensa de esta Excelentísima Ciudad, honrando la bandera de la invicta virgen y mártir Santa Eulàlia, patrona de Barcelona.  Sin exención de los de la Coronela y sus agregados, ni de los que se encuentran de guardia en los baluartes, ni tampoco  del tercer batallón, que está de guardia en los portales. Acudan  todos  prontamente  a  la plaza de Junqueras, bajo  pena  de  muerte  a  quien  desista,  porque así conviene al servicio del Rey (Carlos III Habsburgo)  y de la Patria.
Dr. D. Rafael  de Casanova, Conseller en Cap, Coronel y Gobernador.
         La  bandera  de  Santa  Eulàlia,  solo  se  exhibía  en  caso  de  peligro  extremo,  y  la  tradición  requería  que  si  se  utilizaba  el  estandarte  en  la  guerra, el  máximo  representante  político  de  la  ciudad  debía  estar  al  mando  del  ataque.  Casanova,  desde  que  fue  elegido  Conseller  en  Cap,  exigió  que  los  militares  obedecieran  sus  órdenes  para  convertirse  en  dirigente  nominal  de  la  Coronela,  y  en  aquel  dramático  momento,  se  vio  obligado  a  vestir el  uniforme,  a  lucir  sus  galones  y  a  capitanear  el  Ejército.  
         Pasadas  las  siete  de  la  mañana,  lo  que  quedaba  de  las  tropas  del  Habsburgo,  exhaustas  pero  dispuestas  a  luchar  hasta  la  muerte,  continuaba  exponiéndose  con  coraje  a  las  armas  del  Borbón. Varias compañías de los seis batallones que formaban la Coronela de Barcelona se congregaron en la Plaza de Junqueras, y a la orden de Casanova, se lanzaron al contraataque.  Los españoles que  combatían  en  aquella  zona empezaron a retirarse desordenadamente y  provocaron una desbandada general en todo el sector de San Pedro. El avance de las tropas catalanas aplastó a los batallones de las Reales Guardias, que fueron masacrados. Mientras tanto, el Conseller en Cap cayó herido,  una  bala  le  alcanzó  el muslo,  fue  evacuado  y trasladado al Colegio de la Merced, donde  se había instalado un hospital de campaña. Recogió  la bandera de Santa Eulàlia el protector del brazo militar de Cataluña, Juan de Lanuza, conde de Plasencia. 
      A pesar de lo  que  estaba  sucediendo, los Tres Comunes  se  negaban  a  rendirse  al  Borbón,  e insistieron en realizar una nueva llamada  a  los  barceloneses antes de entrar en negociaciones de capitulación. Así,  ordenaron emitir por las calles de  la  ciudad  el  siguiente  bando: 
     Escuchad  y oíd, se hace saber a todos, de parte de  los  Tres Excelentísimos  Comunes,  tomando  el  parecer  de  los Señores de la Junta de Gobern, personas asociadas, nobles, ciudadanos y Oficiales de guerra  que,  separadamente,  están impidiendo la penetración de los enemigos en Barcelona.  Atendiendo  que  la  deplorable  infelicidad  de  esta  ciudad  en la que hoy reside la libertad de todo el Principado y de toda España,  está  expuesta  al  último  extremo  a  someterse  a  una  entera esclavitud. Notifican, amonestan y exhortan, como padres de la Patria que se afligen por la desgracia irreparable que nos amenaza a causa de la suerte e injusto encono de las tropas franco-españolas  que,  una vez hecha una seria reflexión sobre el estado en el que los enemigos del Rey N.S. (Carlos III Habsburgo) de nuestra libertad y patria,  ya  están apostados ocupando todas las brechas, cortaduras y baluartes del Portal Nou, Santa Clara, Llevant y Santa Eulàlia.  
       Se hace saber que, inmediatamente después de haber sido leído este pregón, todos los  habitantes  y demás gentes hábiles para el uso de las armas, se presenten en las plazas de Junqueras, Born  y Palau  a fin de que, unidos con todos los Señores que representan a los Comunes, se puedan rechazar a los enemigos haciendo el último esfuerzo, esperando que Dios, misericordioso, mejorará nuestra suerte.
       Se  hace saber  también que, siendo la esclavitud  cierta y forzosa, en obligación de sus empleos, explican, declaran y manifiestan a los presentes y dan testimonio a los futuros, que han realizado los últimos exhortos  y esfuerzos, protestando por todos los males, ruinas y desolaciones que sobrevengan a nuestra común y afligida Patria, y por la  abolición de todos los honores y privilegios  siendo  cautivos, con el  resto  de engañados españoles, del dominio francés.
       Pero hay que confiar en que todos, como verdaderos hijos de la Patria  y amantes de la libertad, acudirán a los lugares señalados a fin de derramar gloriosamente su sangre por su Rey,  por su honor, por su Patria y por la libertad de toda España.
       Y finalmente dicen y hacen saber que, si después  de una hora de haber sido publicado este pregón, no comparece suficiente gente para llevar a cabo el propósito concebido, es forzoso, preciso y necesario hacer un llamamiento al enemigo y pedir capitulación, antes de que se haga de noche, para no exponer a la más lamentable ruina a la  ciudad, y  evitar el saqueo general, la profanación de los santos templos y el sacrificio de niños, mujeres y religiosos.
       Y para que sea conocido por todos, que en voz alta, clara e inteligible sea divulgado por  las calles de Barcelona.
Otorgado en la Casa de la Excelentísima Ciudad residente en el portal de San Antonio, estando presentes los citados Excelentísimos señores y personas asociadas, a 11 de septiembre, a las 3 de la tarde, de 1714.
       Se  les  unieron  gentes  enfermas,  hambrientas  y  desesperadas,  pero  dispuestas  a  recuperar  las  posiciones  perdidas.. Por el centro las tropas francesas habían empezado a retirarse hasta parapetarse en el convento de Santa Clara, donde fortificaron sus posiciones del lado del Pla d'en Llull. Ante la heroica resistencia de los barceloneses, el duque de Berwick movilizó a 6.000 soldados de sus reservas para entrar en combate. Entonces  el teniente mariscal Antonio de Villarroel alentó a sus hombres con estas palabras: «Señores, hijos y hermanos, hoy es el día en que se han de acordar del valor y gloriosas acciones que en todos tiempos ha ejecutado nuestra nación. No diga la malicia o la envidia que no somos dignos de ser catalanes y hijos legítimos de nuestros mayores. Por nosotros y por toda la nación española peleamos. Hoy es el día de morir o vencer, y no será la primera vez que con gloria inmortal fue poblada de nuevo esta ciudad defendiendo la fe de su religión y sus privilegios».  Después  los  hombres  de  la  Coronela  que  todavía  se  tenían  en  pie, con  Villarroel  al  frente,  se  lanzaron  con  los  restos  de  la  caballería desde la Plaza del Born hasta el  Pla d'en Llull, donde la carga fue masacrada por las tropas francesas, apostadas en el convento de Santa Clara,  que  al  grito  de: Feu!  feu!  feu!  de  sus  oficiales,  respondieron  con  una  lluvia  de  balas  que  destrozó  las  entrañas  de  aquellos  valientes. Villarroel,  cayó herido,  su  montura  se  derrumbó  y  su  rodilla  quedó  prisionera  entre  la  silla  de  montar  y  el  pavimento  de  la  plaza  del  Born.  Retirado del combate  fue trasladado a su domicilio.
      Francisco de Castellví, capitán de la séptima compañía del segundo batallón de la Coronela de Barcelona, recibió órdenes de atravesar el frente  y socorrer a los que combatían en el baluarte de Migdia. En sus memorias se refirió a las espeluznantes imágenes que se sucedían a su alrededor,  con  estas  palabras «No puede la humana compresión, explicar cuál era el ardor y el encono».
      El coronel Ferrer, apoderado del lugarteniente de Mallorca, se  presentó  en  casa  de Villarroel, y  ambos  acordaron capitular antes de que  anocheciera, para  evitar  males  mayores. Mientras  tocaban  a  rendición,  en  el  colegio  de  la  Merced   se  apresuraban  a  curar  la  ridícula  herida  de Rafael  de  Casanova,  para  que  pudiera  huir,  y  uno  de  los  médicos  se  disponía  a  firmar  su  defunción. Pese a las seguridades dadas, los veinticinco líderes militares que  capitanearon  la defensa de Barcelona, fueron encarcelados.
     ¿Quién  era  el  héroe  y  quién  el  cobarde?  Ustedes  mismos  pueden  juzgarlo. Pero,  paradojas  de  la  vida,  Casanova  tiene  un  monumento  situado  en  la  Ronda  de  Sant  Pere  de  Barcelona,  realizado  por  escultores  tan  prestigiosos  como  Nobas,  Llimona  y  Soler  March,  erigido  justo  en  el  punto  donde  cayó  herido.  Cada  Once  de  Septiembre  centenares  de  catalanes  le  rinden  homenaje  y  lo    inundan  de  flores,  en  recuerdo a  su  “gesta”. Villarroel solo  es  el  nombre  de  una  calle  de  la  izquierda  del  Ensanche  barcelonés  donde,  en  la  misma  fecha,  nadie  deposita  ni  una  corona  de  laurel.   
      Señores,  como  siempre,  les  invito  a  la  reflexión.  Buenas  noches.

MARÍA  BASTITZ


Bibliografía

Narraciones  Históricas  desde  el  año  1700  al  1725  de  Francisco  de  Castellví  Volumen IV  pag  249.
La  Guerra  de  Sucesión  de  España  1700-1714  de Joaquín  Albareda. Ediciones  Crítica. Barcelona 2010
VICTUS  Barcelona  1714  de  Albert  Sánchez  Piñol. Ediciones  La  Campana.  Barcelona  2012
L’Alternativa  Catalana  (1700-1714-1740)  Ernest  Lluch. Eumo  Editorial.





 

                        
        

               



[1] La  Diputación,  el  Consejo  de  Ciento  y  el  brazo  militar  de  Cataluña.
[2] La Coronela de Barcelona: Milicia de la  ciudad encargada de su defensa.  Custodió  portales y murallas hasta 1714, año en que fue desarmada y abolida, y  la  seguridad  de  Barcelona  quedó  en  manos  del  Ejército  real.